Siempre soñó con el amor, con encontrar al hombre de su vida y, ahora, mientras espera la llegada del metro, no se reconoce, no es feliz. Habla con su amiga de recetas de cocina y sabe que su marido es un cretino, pero… la vida continúa.
Dicen que de jovencita era muy dulce, ahora se la conoce por su mala leche. Se pregunta ¿Cuándo se estropeó todo? La respuesta la tiene delante: su marido, al que no soporta porque es imbécil. Pero bueno, siempre tiene a su amiga, y sus horrorosas recetas de cocina.
Sin internet su vida no tendría sentido. Es su tema de conversación preferido, bueno ese, y ridiculizar a su mujer a la que desprecia. Esconde su infelicidad detrás de una falsa sonrisa que tiene muy bien ensayada. Piensa que, a pesar de todo, es un triunfador.
Hace mucho tiempo que no tiene nada que decirle a su mujer. Le aburre su trabajo, le aburre su vida, y ha sustituido todo eso por internet, pero sigue sin encontrar la felicidad. Tiene esa sonrisa estúpida, de los hombres que aún no han descubierto que son estúpidos.